Neno de auga salgada
Auga salgada percorre
A entrañas do seu corpo,
Herdanza dos seus ancestros
Por el submiso acatada.
Naceu un día de outono
Cando a mar estaba brava,
A brétema e os salseiros
Salpicáronlle a faciana.
O vento forte de oeste
baixo a fiestra ululaba
unha tebrosa salmodia
que a voces semellaba.
Vente con nos picariño
mais aló da ultima praia,
onde non se vexa terra
será a nosa morada.
Ondas de marfil e prata
abalaran túa cama.
Eu ei cantarche quediño
O teu carón unha nana.
Cantiga de branca escuma
Cantiga de areas brancas
Cantar das bátegas cheas
Cantar das ondas mais bravas;
Cantar para o picariño
Da sangue de auga salgada.
“Como viajeros ansiosos de ver una luz a la vuelta del
camino, a menudo andamos de puntillas por el sendero de
las palabras, con la esperanza de reencontrarnos, en el
recodo de un pensamiento”.
A. Desconocido
Poesía de la navegación
Fijo los ojos en los del espejo y espero contra
toda lógica, dejar de percibir esa declaración
de hostilidades. Fijo los ojos en los del espejo
y espero contra toda lógica, dejar de sentir esa
anticipación de melancolía. Fijo los ojos en los
del espejo y espero contra toda lógica, sentirme
apoyadito emocionalmente. ¡Pero no hay manera!
No has dormido bien me digo mirándole la ojera y
asegurándome así que me escucha pues le llega a
la oreja, y opto por colocarme ya, las gafas
oscuras de la indulgencia. Tras ellas, me
resulto más desconocido y neutral. Dificilmente
nadie identificará mi paso inquieto hacia los
olvidos, con cobardica huida. ¡Prisas dirán!
Porque sucede que quedar destrozado por los
temporales de la vida, aparecer con el casco
mellado por las caóticas mareas del destino,
llegar a puerto con el velamen deshilachado por
las dudas, aporta al navegante un favorecedor
perfil aventurero, de heroico superviviente.
Pero quedar varado por pequeños errores en las
costas sin nombre de la vida cotidiana, encallar
en las arenas de la rutina, tocar fondo en el
desánimo, suele traer al estómago el regusto
amargo del fracaso y la culpa.
Miro de reojo al espejo y una vez más, el que
nunca es el de siempre, pero siempre es, sin
dejar de observarme, está ahí. Quizás es para no
perdernos del todo por lo que guardamos
apretaditos los distintos retratos de lo que
hemos sido, y es el desconocido que nos enfrenta
en el espejo quien lo contiene todo. Lo que ya
arrugadito y viejo sabemos, y lo que
interrogante aún nos queda por descubrir.
En esos antiguos barcos de madera y bronce que
hoy guardan los museos marítimos, la estiba del
buque constituía una operación delicada pues de
la distribución correcta del peso dependía
después la velocidad y la facilidad de gobierno
en la travesía. Y es que en barcos como en
personas, el lastre pesa. Pero es comercio y
subsistencia o botín en abordaje de aventura.
Por mucha lona de sueños que nos atrevamos a
desplegar, habremos de atender las bodegas,
buscando el equilibrio que mantenga a nuestro
navío, con un adecuado centro de gravedad.
Cada día, por delante, hay una ruta de
navegación, y aunque que llevemos la resaca en
el fondo de la mirada, contamos con la
fortaleza, la inventiva y los brazos de toda la
tripulación, esos muchos marineros que todos
somos en nuestro propio bergantín, aunque
delante del espejo gustemos de mostrarnos con la
única faz de capitán. También puede ayudarnos el
remolque de un navío amigo.
De nuevo observo mi reflejo, y descubro que
enredado en la poesía de la navegación he
recuperado el gesto echado para adelante, como
aquel de los mascarones de proa, sobresaliendo
de una niebla espesa y depresiva, o en los
vaivenes del temporal. El gesto capaz de
encontrar el agujero en el circulo encantado del
horizonte por donde reconocer la tierra de un
instante. Vale la pena, me digo, enredarse un
día más en este tráfico de la marinería, por
vivir ese entusiasmo del: ¡Tierra a la vista! y
ese estremecimiento del barco cuando se largan
las anclas y tocan fondo. La certeza de la vida,
cuando la realidad dentro y fuera de nosotros
consigue abrazarse.
Todos los navegantes sabemos que en el ir y
venir de la marea de la vida, esta el recalar.
En un puerto, en una orilla, habiendo superado
la deriva, y sin naufragar.
En el espejo, una mirada de complicidad.
R.