Así contaba o político, escritor e economista Melchor Gaspar de Jovellanos, a súa estadía forzosa en Muros a onde arribou despois de sortear un forte temporal dos moitos que adoitan haber nas nosas costas, alá polo mes de marzo de 1810

Llegó con esto el 26 de febrero de 1810, y a las seis de la tarde, soplando el viento O. S. O., dimos la vela de la bahía. Del 1 al 2 de marzo doblamos el cabo de S. Vicente. Del 3 al 4, arreciando el viento de travesía y engrosando la mar, seguimos navegando nuestro rumbo, pero con gran cuidado y no ya sin recelo. Del 4 al 5 el temporal se hizo terrible y tormentoso, con vientos del S. O. al N. O., la mar por los cielos, y grandes y frecuentes chubascadas, que fueron siempre a más en toda la noche del 5, y en el fin de ésta, cuando nos estimábamos a diez leguas fuera del cabo de Finisterre, la mar y el viento nos habían arrojado sobre la Isla de Ons, contra cuyas rocas iba ya a estrellarse el buque, cuando al rayar del día 6 la luz y la protección del cielo salvaron nuestras vidas, dándonos el tiempo preciso para zafarnos con una virada oportuna; con lo cual, doblando el cabo de Coruvedo, pudimos tomar abrigo en esta hermosa y segura ría de Muros.
. La acogida que mi compañero y yo hallamos en la villa de Muros no pudo ser más favorable a nuestra triste situación ni más digna de nuestro reconocimiento. El furioso temporal de la noche anterior, dando a conocer a sus naturales el riesgo que habíamos corrido, los hizo mirarnos como a verdaderos náufragos, y excitó su humanidad en favor nuestro. Regidores, canónigos, empleados públicos, comerciantes y hasta los últimos del pueblo nos consolaron con su compasión y honraron con muestras del mayor aprecio. Pero se distinguieron entre todos la viuda y hijos Sendón, del comercio de esta villa, no solamente franqueando para nuestra habitación la mejor de sus casas, y trasladándose a vivir en otra menos cómoda, sino también prestándonos cuantos oficios y obsequios caben en la hospitalidad y la cortesanía; bondad que crece, así como nuestra gratitud, al paso que, con nuestra detención, se prolonga su incomodidad.
Después de celebrar una solemne acción de gracias al Altísimo por nuestro salvamento en la colegiata de esta villa, cuyo distinguido cabildo nos acreditó también su generosidad, y pasados algunos días, recibimos la agradable noticia de que las tropas de Asturias, conducidas por los generales del país, habían atacado al enemigo y le habían arrojado hasta el Sella, contándose ya al general Bónet al otro lado de sus fronteras. Llenos, pues, de alegría y confianza, e impacientes de rever nuestros hogares, determinamos reembarcarnos en el mismo bergantín, detenido aún en la ría por falta de viento. Nos habíamos ya despedido de nuestros favorecedores; estaba embarcado nuestro equipaje, el buque, levada el ancla, navegaba para ponerse en franquía, e íbamos a tomar un bote para pasar a él, cuando vimos que cambiado el viento, viraba otra vez sobre el puerto. Pero había virado también la fortuna, porque a poco tiempo llegó el correo con la triste nueva de que los franceses, atacando a los nuestros sobre Cangas de Onís, los habían rechazado y dispersado, volviendo a apoderarse de Gijón, Avilés y Oviedo, y a adelantarse hasta la derecha del Nalón. Con esto nuestras dulces ilusiones se volvieron en humo, y desde entonces continuamos en nuestra primera incierta situación, puestos siempre entre la esperanza y el desaliento; situación que nos fuera más llevadera, si nuevas contradicciones y disgustos no hubiesen turbado la paz y el consuelo que hallamos en la agradable compañía de estos honrados muradanos.