Manuel Rodríguez Aguilar: Un apasionado de la mar, comprometido con nuestra empresa de realizar un homenaje a los desaparecidos en el mercante Castillo Montjuich, nos acompañó el día 22 de agosto y puso a nuestra disposición su erudición y su conocimiento sobre el CM. y sobre su última y desgraciada singladura.
Pero para mí, lo más importante que nos ofreció, aparte de su buen hacer y de su innegable sabiduría, fue su amistad, que guardaremos en el lugar donde se guardan las cosas más preciosas y apreciadas.
Gracias Manuel

DISCURSO-HOMENAJE A LOS DESAPARECIDOS DEL "CASTILLO MONTJUICH"
Buenos días señoras y señores,
Hoy nos hemos reunido en esta localidad de muros para recordar y homenajear a 37 hombres, los tripulantes que desaparecieron junto al vapor "Castillo Montjuich". Sin duda se trata de una deuda que tenemos con ellos y, personalmente, estar presente en esta ocasión es algo muy emocionante. Para mí, el misterio del "Castillo Montjuich" ha supuesto desde hace mucho tiempo una obsesión permanente. Siempre atento a cualquier información, a cualquier noticia, a cualquier dato, a cualquier nueva línea de investigación. Aunque sabía que se trataba de una gran responsabilidad, un buen día tomé la decisión de plasmar todo lo recopilado en un documento. A partir de ese momento, una parte de mi tiempo se convirtió en un enorme trabajo de escritura, de viajes, de contactos, manejando numerosos expedientes, informes y documentos, que finalmente culminaron en un libro. En innumerables ocasiones, antes, durante y después de su redacción, tuve en mi pensamiento a esos 37 tripulantes. Gracias a este homenaje, la presencia de sus familiares y de otras personas que tuvieron relación con ellos me servirá para conocerles y admirarles todavía más.
Tras la guerra civil la situación de la marina mercante española era lamentable. sin embargo, hombres valientes y profesionales que se encargaron de tripular buques viejos y en mal estado, pero que en la mayoría de los casos aguantaron todo lo que se les pidió, elevaron a nuestra marina mercante a la categoría de heroica. Por eso me gustaría romper una lanza a favor de esos mercantes, en general, y del "Castillo Montjuich", en particular. Reconozco que su desaparición en 1963 no deja de ser un misterio y desde que ocurrió se ha opinado, especulado y prejuzgado ampliamente. No debemos de criminalizar a un barco que no deja de ser una estructura metálica construida por el hombre, bajo el control de una organización empresarial formada por hombres y manejado también por hombres. Todos los que hemos navegado sabemos que cada tripulante establece una relación muy particular con el buque en el que trabaja. No ocurre lo mismo en una oficina o en una fábrica, con las que nunca se termina identificando. Los largos periodos de navegación, el aislamiento del resto del mundo, el número reducido de personas a bordo, la proximidad a esos compañeros o el medio marino en que se desenvuelve la actividad, consiguen alcanzar una relación personal y laboral muy especial. En la mar se llega a tener una conexión tan fuerte que esa estructura metálica termina casi siempre formando parte de uno mismo. Es como si se tratara de una prolongación de nuestro interior que nota, siente, sufre y padece por cualquier circunstancia que le pueda ocurrir.
Al "Castillo Montjuich" lo construyó un prestigioso astillero británico en 1919, y tocó el agua por primera vez con el nombre de "War Vigour". Era un buque de carga de gran porte para la época, con sistema de propulsión por turbinas y estaba fabricado como se hacía antes, sin demasiadas comodidades para sus tripulantes pero proporcionado, robusto, marinero y preparado para durar. Llegó un poco tarde para colaborar con los aliados en la victoria de la primera guerra mundial, y terminado el conflicto, se incorporó directamente a realizar el trabajo para lo que había sido diseñado: transportar mercancías por todos los mares del mundo. Durante sus primeros años enarboló la bandera británica, y pasado el tiempo fue cambiando por la belga y la francesa. Según acumulaba millas y cambiaba de propiedad fue luciendo otros nombres: "Andalusier", "Scheldemonde", "Bois-Soleil" o "African Mariner".
La Guerra Civil española constituyó un excelente negocio para aquellas navieras que no les importaba conjugar el riesgo con los beneficios. De esa forma llegamos a conocer por primera vez al vapor británico "African Mariner" transportando mercancías para el gobierno de la republica. Durante los tres años de sangrienta lucha eludió los peligros propios de la navegación y los esfuerzos de uno de los bandos para acabar con su trabajo. A pesar de todo, su suerte se acabó un día del mes de enero de 1939. Los efectos de un bombardeo aéreo lo dejaron hundido en uno de los muelles del puerto de Barcelona, aunque sin sufrir daños importantes. En el mes de marzo del mismo año fue reflotado y, meses más tarde, reparado e incorporado a la flota mercante española, con el nombre que lo conocimos hasta su desaparición. En esos momentos ostentaba un record, era el buque mercante de carga más grande de España.
Al poco tiempo le esperaba otra gran prueba: nada menos que la segunda guerra mundial. De nuevo fue un superviviente en unos años que resultaron hundidos un buen número de mercantes españoles, a lo que hubo que añadir la pérdida de muchos de sus tripulantes. Y eso que España volvía a ser una nación neutral. En unos años de escasez y penuria, las cargas que transportó el "Castillo Montjuich" contribuyeron a mitigar el hambre del pueblo español, manteniendo un tráfico marítimo imprescindible junto a otros mercantes que estaban en su misma situación. Sin duda, todos estos barcos disminuyeron las carencias de nuestro transporte marítimo y pusieron las bases para lo que años más tarde sería una importante marina mercante española.
El año 1947 podía haber sido un año decisivo en su vida. El "Castillo Montjuich", con casi 30 años a cuestas, descargaba en el puerto de Gijón a finales del mes de noviembre. Mientras esperaba tomar un nuevo cargamento le sorprendió un violento e inesperado temporal que, tras ímprobos esfuerzos de la tripulación, acabó embarrancándolo sobre las piedras de la costa asturiana. La situación era tan desesperada que tanto los peritos como el seguro lo dieron por perdido. Sus propietarios, la naviera Elcano, fueron los únicos que apostaron por él y terminaron saliéndose con la suya. En cuatro meses de duro trabajo fue reflotado, no sin soportar innumerables inconvenientes. Remolcado hasta Bilbao, en uno de los astilleros de la ría del Nervión se le hicieron reparaciones provisionales mientras se negociaba con varios astilleros españoles su reconstrucción definitiva.
Nada menos que tres años tuvo que pasar en los astilleros de El Ferrol para ver a un barco completamente distinto. Tanto que, salvo el nombre, todo era diferente al anterior. En unos años muy complicados para la industria española por la escasez general de materias primas y de otros elementos, una decisión importante unida a una fuerte inyección económica consiguió que se renovara buena parte de las planchas del casco, la proa, la popa, la maquinaria completa y todo su interior y exterior. La nueva superestructura era muy espectacular, con amplios espacios para la tripulación y camarotes para 12 pasajeros, de corte moderno y con una chimenea siguiendo las últimas tendencias de la época. su nueva proa lanzada y su popa de bobedilla también contribuían a darle una apariencia de buque actual. Sin embargo, aquella gran reconstrucción y modernización no engañaba a nadie y mucho menos a su corazón viejo y cansado.
Así, el "Castillo Montjuich" comenzó en 1951 una nueva vida. Seguía siendo una unidad importante en la flota mercante española, la cual recibió con satisfacción su reincorporación y, además, constituía una pieza fundamental para la naviera Elcano. Por eso se le destinó a los grandes viajes trasatlánticos para transportar importantes cargamentos de mineral o de granos, sin ser un barco especialmente preparado para ello. Puertos norteamericanos y sudamericanos eran sus destinos y a la vuelta era fácil verle descargar por muchos de los puertos españoles.
Conforme pasaba el tiempo los problemas empezaron a surgir. La máquina, con muchos de sus componentes todavía nuevos, no daba la talla. La potencia era escasa y la velocidad le hacía eternizar los viajes, todo acompañado de continuas y frecuentes averías. Las vías de agua en los tanques de doble fondo y otros inconvenientes formaban ya parte de la rutina diaria del mercante. La falta de estabilidad era notoria y las tripulaciones hacían lo que podían para corregir el problema. Las quejas de sus capitanes eran frecuentes pero se perdían por los intrincados caminos y vericuetos de la naviera pública. Las visitas a los astilleros en sus paradas obligatorias se realizaban a satisfacción de los ingenieros e inspectores pero a disgusto de los capitanes y tripulantes, que luego eran los que sufrían sus consecuencias. Los continuos problemas, algunos bastante serios, eran solucionados siempre gracias al tesón y al buen hacer de sus sacrificados tripulantes. Ser destinado al "Castillo Montjuich", en otro tiempo un motivo de satisfacción para cualquier marino, suponía una decepción muy grande.
En los primeros años de la década de los sesenta, a pesar de las dificultades por las que atravesaba España debido al sistema económico adoptado por sus gobernantes, la renovación de nuestra flota mercante era una realidad desde hacía ya varios años. Las incorporaciones de nuevas unidades se repetían a la vez que las antiguas se iban retirando, la mayoría destinadas al desguace debido a su antigüedad, librando a sus sufridos tripulantes de auténticos peligros. Después de tantos y tantos años, su existencia comercial estaba más que justificada y amortizada. La labor de los marinos mercantes había sido profesional y ejemplar en uno de los trabajos más duros y sacrificados que se puedan encontrar. Pero eran tiempos en los que las exigencias nacionales e internacionales en materia de seguridad o los controles administrativos sobre esta actividad eran poco menos que inexistentes y, cuando se realizaban, la rigurosidad brillaba por su ausencia. La peor de las consecuencias era que los accidentes se repetían con frecuencia, trayendo la tragedia a un colectivo duramente castigado y sumiendo en la más absoluta tristeza y desamparo a sus familias.
En noviembre de 1963, el "Castillo Montjuich" se disponía a cumplir con un nuevo viaje, a pesar de encontrarse ya en la lista para desguace, no en vano había cumplido 44 años de vida sobre la mar. Tras descargar en varios puertos del norte de España cruzaba de nuevo el océano atlántico, como tantas otras veces lo hiciera, camino de los EEUU. En Boston le esperaba un cargamento de maíz, mercancía muy necesaria en tiempos de escasez, que recibirían complacidos varios puertos españoles. Las operaciones de carga fueron realizadas correctamente, según testimonio del primer oficial y de las personas encargadas de la estiba. El día 5 de diciembre, con todos los papeles en regla y una vez autorizados por la exigente administración norteamericana, partió el mercante con rumbo a La Coruña, a donde se le esperaba el día 20 de diciembre.
Todos los tripulantes estaban muy ilusionados. Disfrutar plenamente de las navidades descargando en puerto español era todo un lujo para unos hombres que se pasaban muchos meses seguidos fuera de su casa y sin el contacto próximo de sus seres queridos. Hasta el 14 de diciembre, todos los días el telegrafista transmitió la situación del mercante sin indicar ninguna circunstancia negativa a bordo. A partir de ese día, solo silencio, angustia y desesperación. En el océano atlántico son frecuentes los temporales y en esos días cruzaba uno desplegando toda su furia por las proximidades del mercante español. Su fin tuvo que ser, como dicen los ingleses "sudden and catastrophic", súbito y catastrófico, sin permitir la más mínima oportunidad de salvación a sus tripulantes. Buques de guerra españoles, portugueses y aviones norteamericanos salieron en su busca sin encontrar absolutamente nada. El 22 de enero de 1964 fue oficialmente dado por desaparecido el "Castillo Montjuich".
¡Desaparecido sin rastro! que enorme tragedia envuelve esas tres palabras. España, en otro tiempo una importante potencia marítima, había sufrido ya numerosas bajas por esta causa a la que en 1963 se unió el "Castillo Montjuich". La lista de buques desaparecidos la encabezaban el "Apolo", de la naviera Pinillos; el "Mariano Benlliure", de la compañía Valenciana de Correos de África; el "Bakio", de Sota y Aznar; el "Cabo Villano", de Ybarra; el "Ciérvana", de la naviera Hijos de José Tayá; el "Pelayo", de la compañía Marítima de Barcelona; el "Guillén Sorolla", de la compañía Trasmediterránea; el "Íbero", de la naviera Pinillos, o el "Rabat", de la compañía Trasatlántica. Nueve barcos, junto con sus tripulaciones, que son solo una pequeña muestra de la lista completa y de los misterios que esconde la mar. Ante la noticia, tibiamente recogida por los medios de comunicación de la época, la sociedad española permaneció insensible, impasible y con los ojos cerrados por la nueva tragedia humana. Muy pocas muestras de solidaridad con los familiares. Ningún acto en recuerdo de esas 37 personas. De esa forma tan lamentable se trataba por entonces a los que trabajaban y se dejaban la vida por una España mejor. En muy poco tiempo el más triste de los olvidos.
Quiero agradecer a Manuel Martínez Caamaño, que ha sido siempre mi interlocutor en todo lo relacionado con este homenaje, su invitación y sus continuas atenciones, así como a todas las personas e instituciones que han colaborado en su organización por el excelente trabajo, sin duda una demostración de generosidad en estos tiempos que corren. a todos los familiares de los tripulantes que están hoy presentes, mi mayor respeto, solidaridad y amistad. Finalmente quiero señalar que gracias a este homenaje, 37 compañeros, en cuyas tumbas no florece la rosa, seguirán viviendo en nuestra memoria.
Muchas gracias a todos.
Manuel Rodríguez Aguilar
Oficial de la Marina Mercante
Autor del libro Vida y tragedia del mercante "Castillo Montjuich".
De la Guerra Civil española a su naufragio 1936-1963.